Los regalos del cuarto rey mago

Para él, enseñar no es una obligación ni un trabajo ni una carga. Se trata de una experiencia total a la que se entrega en cuerpo y alma, usando su imaginación, su pasión y unos pocos materiales.

Un buen maestro es aquél que está ansioso por llegar al salón, es emprendedor y hace soñar a los estudiantes. (Ángel Luis García)

Por Vanessa Serrano / Especial para El Nuevo Día

Si de talentos hablamos, hay que considerar a Ángel David López un virtuoso de la creatividad. Sin importar lo difícil del escenario, “Mister López”, como cientos de niños lo conocen, siempre captura la atención de sus estudiantes a través de su ingenio.

Gracias a su inventiva exponencial, este maestro de 38 años ha sabido combinar las matemáticas, las ciencias y las letras con la música, el teatro y la expresión para persuadir desde a confinados en cárceles juveniles y estudiantes rebeldes hasta los académicos más exigentes. Y ello, en condiciones de recursos limitados.

López ha ganado numerosos reconocimientos en sistemas educativos como los de Nueva York, Puerto Rico, República Dominicana y recientemente en Texas, donde este año fue galardonado como el maestro más destacado del estado.

Además, como su humilde cuna le enseñó a hacer de limones, limonada, con escasos materiales ha sido capaz de atraer a miles de personas que lo visitan cada año en la comunidad de Vista Alegre en Río Piedras para disfrutar del Festival de Navidad en el Barrio, creado por López a través de su Fundación Ancus de Crey.

Con ello, López ha fomentado las tradiciones navideñas celebradas en familia y, de paso, logra recaudar ayuda para los niños pobres en las comunidades de La Romana y Puerto Plata en la República Dominicana.

Criado en esa comunidad riopedrense de 160 casas, allí aprendió que la verdadera riqueza es la solidaridad. En su casa todos son bienvenidos y siempre hay un platito de comida caliente para compartir. Como le enseñó su madre, Teresa, quien trabajó sola para echar hacia delante a sus tres hijos.

Desde pequeño, López ya mostraba sus dotes de maestro y filántropo. Siempre ayudaba en las clases, corregía los exámenes, participaba en todas las actividades, incluso todavía conserva la amistad con varios maestros de su infancia. “Yo admiraba la pasión con la que enseñaban muchos de mis maestros y por eso quería ser como ellos. Gracias a una de mis maestras pertenecí a grupos de baile y actuación. Estaba en cuanto grupo había en la escuela. Hacía de todo. Y todo lo aprendía de mis maestros”.

Al graduarse de la Facultad de Educación del Recinto de Río Piedras de la UPR, ya contaba con varios años de experiencia como asistente de maestro en el programa Head Start del Arzobispado de San Juan. Al obtener su grado de maestro con concentración en Drama, viajó a Nueva York para trabajar en Horizons Academy en Rikers Island, enseñando a jóvenes confinados para que obtuvieran su grado de cuarto año y prepararlos para el GED (General Educational Development).

Allí estuvo durante 5 años, trabajando desde las 8 de la mañana hasta las 10 de la noche, ya que también daba clases nocturnas para adultos confinados dos veces por semana. “Muchos de estos confinados eran los padres de los jóvenes reos a los que les daba clase durante el día,” recuerda.

López fue adquiriendo fama en la institución carcelaria, pues convirtió el salón de clases en un centro de colores y de personajes que ayudaba a los presos a olvidar lo gris de sus celdas. “Para mí era importante que ellos salieran de la oscuridad de las rejas”.

Cuenta López que sus estudiantes se entregaban en las dramatizaciones, escribían poesías, gozaban de la música y dibujaban murales con los pocos materiales que les daban.

Al mismo tiempo que enseñaba en la cárcel, también estudiaba su maestría en supervisión en Educación en el Mercy College de Nueva York. Además de esto se ocupaba los sábados dando clases a preescolares con su estilo único de enseñar. “Para mostrarle a los niños lo que era el mar, limpié y pinté un carretón para recoger basura, monté a los niños y los paseé por el ‘lobby’ de la escuela simulando las olas del mar y haciéndoles imaginar que cada cosa que veían era una criatura marina”.

A su regreso a Puerto Rico, tras los ataques del 11 de septiembre del 2001, trabajó como maestro sustituto de español en la Escuela Doctor Pujals en Ponce. El grupo de noveno grado al que enseñaría ya había pasado por 3 maestros y todos habían renunciado el mismo año. “Era febrero del segundo semestre y la clase se daba en un sótano oscuro, no habían materiales, los textos estaban todos dañados y los estudiantes creían que ningún maestro les daría la clase ese año”.

López aceptó el reto. “El primer día me presenté bien serio ante ellos, les dije que ahora sería su maestro y que nada lo haría irse”. Relata que los estudiantes al notar su rectitud, rompieron en un aplauso, ya que sintieron que no eran menospreciados. Con el poco tiempo que les quedaba para cubrir todo el material, López convirtió aquellos libros de textos en piezas teatrales con las cuales los estudiantes actuaron y dramatizaron todo el material.

Estando allí decidió comenzar el doctorado en Educación en la Pontificia Universidad Católica de Ponce en el 2002 y gracias a un curso de educación globalizada, viajó a la República Dominicana durante el verano de ese año. Durante su estadía, vivió la pobreza de algunas comunidades dominicanas, y con esta impresión prometió viajar cada año para llevar materiales e instrumentos educativos a través de la fundación.

Debido a su notable contribución en cada escuela que enseñaba, lo recomendaron para trabajar en el Sistema Educativo de Texas en la escuela Mount Auburn de Dallas. Con la misión de ser maestro para un grupo de segundo grado en una escuela bilingüe, López se topó con un salón de clases de ensueño. “Mi salón es una casa con miles de libros y materiales. He creado escenarios para obras, musicales y hasta hemos celebrado la puertorriqueñidad en la Semana de la Hispanidad,” explica con una sonrisa que denota su enorme satisfacción.

Con apenas un año trabajando para esta escuela, López ganó el reconocimiento de maestro de excelencia en Dallas y luego obtuvo el premio como maestro del año del estado de Texas y ahora compite por el premio de maestro de la nación en Estados Unidos, reconocimiento que se otorgará en abril del próximo año.

La costumbre inculcada por su madre de acoger a todos y ofrecerle lo más sabroso que sale de la cocina se intensifica cuando llega diciembre. El olor a pasteles de yuca y a arroz guisado invita a cualquiera a trasponer el umbral del santuario familiar de López durante la Navidad. Gracias a esta tradición culinaria, su hogar ha sido el centro de reunión de los vecinos del barrio por espacio de 15 años, pues durante el festival, López inunda su casa con luces, nacimientos, cascadas de decoraciones, música y un esplendor único que arropa a cada uno y le inyecta un espíritu de inocencia.

Esta tradición ha crecido con el paso del tiempo y lo que en un principio fue una reunión de vecinos, hoy se ha convertido en un despliegue de música y teatro, con misas, torneos, desfiles, coros y orquestas. Visitantes de todas partes de la Isla entran y salen de la casa desde el día de Acción de Gracias hasta el Día de Reyes. Este año el programa comenzó con una novedad: la presentación de la obra “Perfume de Navidad” en el Teatro Coribantes en Santurce, como preludio al festival.

López aprovecha éste para continuar enseñando fuera del salón de clases el valor y la satisfacción que se siente cuando se hace el bien. “Lo que me mueve es enseñar a los niños que, a pesar de que yo crecí siendo tan pobre, siempre compartía lo que tenía. Además, pude realizar todos mis sueños. Y las cosas que se aprenden desde pequeño nunca se olvidan. Un niño es una estatua que hay que moldear. Para mí la mayor satisfacción es ayudar a refinar los detalles de ese molde pues ese será un futuro hombre o una futura mujer de este país”.

Ahora instalado en Puerto Rico, con un permiso especial para terminar su doctorado, López vive entregado a su pasión de envolver a cientos de personas en la educación alternativa a través de su fundación.

Y mientras reposa en el balconcito de su casa, escuchando nada más que coquíes que hacen cantar a la fresca brisa, Ángel concluye que “un buen maestro es aquél que está ansioso por llegar al salón, es emprendedor y hace soñar a los estudiantes. Cuando los estudiantes ven eso en ti, te respetan. Y cuando existe eso, el mundo es de uno”. Y, según él, el maestro de vocación tiene un compromiso con la Humanidad.

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